El SIDA y el miedo a la destrucción del cuerpo Texto:

El SIDA comenzó su vida pública en el 81, cuando extraños síntomas que no correspondían a ningún diagnóstico conocido se presentaron en  cinco jóvenes homosexuales en Estados Unidos. Como los primeros diagnosticados eran homosexuales y los que le siguieron fueron poblaciones estigmatizadas (drogodependientes, trabajadoras sexuales, etc) el SIDA se vio asociado al “pecado” y a la transgresión de lo moral, de hecho, clásica es la frase en esos primeros días de una supuesta experta (tan experta como las hermanas Peña): “Esta enfermedad afecta a homosexuales, drogadictos, haitianos y hemofílicos, pero gracias a Dios todavía no se ha propagado entre los seres humanos“. (Grmek, 1992 cit. en Vidal, F. 2004. Pág. 2).

Pero el SIDA siguió su camino, las cifras aumentaron y de aquellos 5 jóvenes hoy son más de 40 millones de personas en todo el mundo que viven con el virus del VIH y de haber sido diagnosticado en Estados Unidos, el diagnóstico se comenzó a expandir a todo el resto de los países. También se pasó de poblaciones supuestamente de riesgo, a mujeres que están casadas y cuya única pareja sexual es su marido, de hecho según ONUSIDA, el 48% de quienes viven con VIH/SIDA en el mundo, son mujeres.

 

Pero el virus trajo consigo otras ideas y otros temores, porque el SIDA desde sus inicios se presenta mediáticamente como la angustia de la destrucción del cuerpo, lo que se ve claramente en la foto de Oliviero Toscani para Benetton hace algunos años, donde se muestra a un enfermo de SIDA en la agonía de la muerte junto a su familia, la foto que buscaba obtener la atención del público frente al tema, resultó siendo una debatida imagen en torno a las formas en cómo se debiese presentar el SIDA frente a la sociedad.

 

Esta angustia de la destrucción corporal crea una representación de carácter defensivo a nivel social, lo que se basa en la idea que esta sociedad tiene de la muerte: la forma de morir representará que tan malo o bueno se fue en la vida.  Pero la muerte no sólo es entendida como un concepto biológico y físico, sino también como un aspecto social. En sociedades como la nuestra, existe lo que muchos autores llaman la muerte social, que se produce cuando por diversas razones, un sujeto es alejado del grupo. No hay que escarbar mucho para encontrar ejemplos de esto. Fácil es recordar los tiempos cuando Karl Lagerfeld obsesionado por entrar dentro de la ropa de Hedi Slimane para Dior Homme, bajó de peso de manera rápida y casi “espontánea” y los rumores acerca de que habría adquirido el virus se hicieron tan intensos que él mismo tuvo que salir a desmentirlo, porque por más lucha social del mundo de la moda, por más campaña en pro de recolectar sus fondos, el virus es comprensible sólo como motivo de caridad cuando el virus está en África, no cuando está en nuestros cuerpos.

 El peladito y filósofo francés Foucault, describía el cuerpo como un espacio de luchas políticas e ideológicas, al mostrar como las restricciones sociales se hacían cargo de él, pero también porque en el cuerpo se podían resumir las formas de sanción que la sociedad podía entregar a quienes no cumplían con los requisitos que se les pedía.  El SIDA, dentro de esta línea de pensamiento, es utilizado por los sectores conservadores como “un castigo moral que recae en todo aquello que se aleja del sistema sexual basado en el matrimonio religioso con fines reproductivos, el ejercicio de la sexualidad realizado solamente por placer y las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo”. (Ponce, P. 2003. Pág. 82). Es decir, el SIDA se ve, lamentablemente, como un iluminador de las acciones de los seres humanos.


Así, el cuerpo lentamente se convierte en el punto de tensión entre sociedad e individuo, es desde el cuerpo donde el sujeto vive y experiencia todo lo que acontece a su alrededor, donde expresa sus emociones y se relaciona con la sociedad, dándole un sentido particular que, como dice Le Breton (2002), permitirá que lo veamos como un aliado en nuestras prácticas sociales o como un adversario contra el cual debemos luchar eternamente. El cuerpo será un territorio donde se enfrentarán los discursos provenientes de distintos grupos sociales, que en el caso del VIH/SIDA sigue siendo presentado como la destrucción corporal, como el castigo, como la decadencia corporal siendo que muchas otras enfermedades producen los mismos o peores efectos corporales, el cáncer y su quimioterapia destruyen la vitalidad y jovialidad del cuerpo pero esa pérdida se ve como una lucha, como un escudo de comprensión y apoyo, no así el SIDA.

La estética del SIDA y sus características en la población masculina fue uno de los temas que se analizó en mi tesis del año 2009, donde, en medio de las  14 entrevistas, hubo participantes que se sometieron a una cirugía de reparación de sus mejillas ya que los medicamentos le habían provocado una lipodistrofia (cuando las mejillas se entran y se notan los huesos). La operación se la realizó producto de que él sentía que esta característica entregaba la información necesaria a la sociedad sobre vivir con VIH. Si bien se sometió a la operación los resultados fueron pasajeros y según sus palabras, nadie se percataba de sus cambios corporales, si no que era una visión que tenía de sí mismo, lo que habla que en las personas viviendo con el virus existiría una posible visión errada de su propia corporalidad que podría incluso compararse con la visión que dibujan las personas con anorexia nerviosa en sus mentes, la imagen de un cuerpo delator que muestra su secreto o su mal llamada “falla”.

 Por otra parte, otro de los entrevistados, dijo que el cambio corporal que vivió fue la delgadez que coincidió con la muerte de su madre, lo que hizo que nadie se extrañara de sus cambios físicos, pero más allá del detalle, es importante destacar la necesidad de ocultar los cambios corporales que van sufriendo los sujetos, en general la delgadez masculina es sinónimo de enfermedad y por ende, se transforma en la principal preocupación de los sujetos: nunca bajar de peso.

Me da miedo eso, me da miedo que se me note. No me da miedo tener VIH ahora y que la gente sepa, pero si me da miedo demostrarlo: la gente se aterra mucho más, cachai, con una apariencia, que con saberlo simplemente, no sé te dicen “Tenís VIH, te veí súper bien, o sea, tay bien” y listo. Pero si me vieran así como todo chupado, demacrado, con ojeras, cachai, “tay con VIH, cachai, estay mal, estay cagao”. (Entrevista 8)

            El SIDA y el cuerpo, el SIDA y la destrucción de la estética corporal parecen ser el centro de las campañas de prevención del VIH/SIDA que hasta el día de hoy se presentan en el mundo, olvidando que en realidad las campañas debiesen ir orientadas a las convivencias saludables con quienes viven con el VIH/SIDA en vez de mostrar el temor, de mostrar el fin del cuerpo, después de todo, no se debe hablar desde la  moral cuando hablamos de salud pública, pero sobre todo, no se puede hablar desde el castigo social cuando hablamos de la estética de un cuerpo sano u enfermo.